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Qua, 7/Abr/10
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LOS IMPRECISOS LÍMITES DEL INFIERNO,
por Milton Fornaro (*)

Hay algunas historias que, en verdad, parecen no tener principio. Estos sucesos podrían calificarse utilizando casi sin variantes la frase que, desde las paredes del pueblo, anunciaba la apertura de un night club: «El espectáculo comienza cuando usted llega», se puede leer todavía, no sin esfuerzo, en los desvanecidos carteles.

Cada uno de los conmovidos pobladores ha inventado un punto de partida diferente, y todo parece confundirse en los relatos diversos que han surgido. «Los hechos», dijo el Ciego Borges, son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento». No necesitábamos, el Escribano Olivera y yo, de esa frase, que oímos acodados en el mostrador sobre el cual el Ciego pasaba un paño mugriento, para convencernos de la necesidad de marcar un inicio convencional a lo ocurrido. Esto lo comprendimos cuando nos dimos cuenta de que la tarea de establecer los antecedentes nos llevaba mucho más allá de los hechos. Que, en definitiva, la búsqueda contribuía a confundirnos más. Para nosotros, pues, la historia se inicia cuando el Doctor Soto entró en la misma.

1

El repiquetear del teléfono sonó lejos, amortiguado por las paredes. Los timbrazos, inquietantes allá abajo en la cantina, se apagaban dos pisos más arriba, en la pieza donde se jugaba al póquer. Llegaban confundidos con el murmullo de la veintena de socios que dejaba transcurrir la tarde del domingo, jugando al dominó o al billar en la planta baja del club.

Además de las frases imprescindibles dichas por los jugadores, a veces acompañadas por el choque de las fichas, en la pieza sólo se oía el traqueteo producido por el pesado ventilador, que movía el aire cargado y dispersaba los olores del encierro. El calor parecía desconocer las vueltas desganadas de las aspas sobre las cabezas en círculo. El juego atenuaba las molestias del calor, evidenciadas por las persistentes gotas, que eran barridas de rostros y cuellos por pañuelos cada vez más percudidos.
Ninguno de quienes estaban en la habitación atendía otra cosa que no fuera el póquer y la jerga adornadas por locuciones inglesas, mal pronunciadas pero entendidas por los presentes.

Si el Doctor Soto, que estudiaba los semblantes de sus tres contendores con miradas imperceptibles por sobre los caídos lentes, no tuviese en sus manos aquel doble par de ases con reyes, habría podido medir justamente el instante vivido. Por su doble condición de profesional: médico y jugador, Soto era el único de los presentes capaz de comparar aquella pieza enrarecida con una aséptica sala de operaciones en el momento de una intervención quirúrgica. Sólo él percibía aquel tiempo de voces y silencios acompasados, de movimientos que marchaban con la respiración. Ni un músculo de su cara se contraía, ni el temblor se evidenciaba en sus dedos, cuando, con la misma maestría, dirigían el corte o sostenían en prudente abanico una escalera servida. Igualmente sereno extendía la mano, tanto para reclamar el instrumento necesario, como para tomar las fichas y dejarlas en el centro del tapete verde. Con la misma entonación decía «deme el pulso» o «veo los mil, y van mil más».

Los jugadores advirtieron que algo sucedía cuando oyeron los pasos taconeados en la escalera, y casi inmediatamente vieron la cara de Manuel, el mozo, asomando por la puerta entreabierta.

— Lo llaman por teléfono, doctor — avisó. — Parece que es de apuro.

— Averigüe quién es y qué quiere — respondió Soto, y, dirigiéndose a los que estaban en el juego, preguntó: — ¿Alguien va, señores? Subí a cinco mil.

Cuando Manuel apareció nuevamente, Soto levantó su mano derecha, e impidiendo hablar al mensajero tranquilizó a quien estaba sentado enfrente, diciéndole:

— Usted gana. Ahora sí, ¿qué pasa, Manuel?

Un camión atropelló a la hija de Quintana. Dicen que se está muriendo. Dicen que vaya de apuro al hospital. Dicen…

— ¿Qué más? — preguntó el médico, mientras recogía las fichas.

— Dicen que es una lástima, que es la más chica…

— Gracias, Manuel. Lo siento, señores, pero tengo que irme. La suerte me es adversa. —Y mirando al que contaba las fichas, advirtió: — Hay doce mil quinientos. Deme doce mil y estamos a mano.

El Doctor Soto salió detrás del mozo. Guardaba los billetes en un bolsillo del ajado pantalón cuando dejó el rellano y pisó el primer escalón para descender. Desde allí, apenas levantando la voz pidió:

— Manuel, búsqueme un taxi, por favor.

2

El barraquero Álvaro Quintana, don Álvaro para casi todos, aguardaba noticias sentado en una de las tres sillas metálicas de la sala de espera del hospital. Sus manos trataban en vano de peinar sus desordenados cabellos. Por instantes, la cara quedaba al descubierto, mientras los ojos acechaban la única puerta de la sala. Aquellos movimientos de pájaro apedreado fueron intensificándose con el paso de los minutos. Habían comenzado cuando llegó al hospital y se encontró con el rostro petrificado de Ingrid, su mujer. No hubo necesidad de palabras entre ellos.

A Ingrid el policía que le llevó la noticia la encontró en su casa. A don Álvaro tuvo que buscarlo e interrumpirle la siesta que compartía con Dorita, una ex-empleada de la barraca.

Mientras Quintana maldecía por lo bajo el instante en que, accediendo a los ruegos de sus hijas, compró la bicicleta con motor, Ingrid no dejaba de observarlo con su mirada lacerante, apenas turbada por las lágrimas que borroneaban los ojos grises. La mujer había permanecido de pie, como cumpliendo una penitencia. Podría decirse que rezaba. En lugar de un rosario, sus manos estrujaban un pañuelo inmaculado. Inmóvil, parecía contemplar los helados paisajes de su niñez nórdica.

A Quintana le pareció más ridículo que nunca el único cuadro que alteraba la blancura uniforme de las paredes. La cara antigua de la enfermera recomendando silencio estaba de más. Tuvo deseos de descolgar el adefesio y estrellarlo contra el piso, para romper, precisamente, el silencio insoportable.

Por último, la puerta se abrió para dar paso al Doctor. Quintana fue el primero en abordarlo para, sin pausa, preguntarle todo lo que venía a su mente.

— Vivirá — dijo Soto, contestando a la única pregunta que el padre no se animó a formular. — Hemos hecho lo que estaba a nuestro alcance, pero todo depende del post operatorio. Deben ser fuertes.

— ¿Volverá a caminar? — la voz de Ingrid sonó destemplada. — ¿Volverá a caminar, doctor?

— No sé. El tiempo lo dirá. De milagro está viva.

Quintana cayó pesadamente en la silla que había abandonado. Ingrid lo miró con desprecio.

El Doctor Soto salió sin apremio, arrastrando los pies al caminar. Iba pensando en la última frase que dijo. No había esperanza, y lo supo desde que comenzó a operar.
De regreso al hotel, hundido en el asiento trasero del taxi que detuvo al comprobar que el calor no había aflojado, Soto trató de recordar la cara de la otra hija de Quintana. Frente a sí tenía todavía la de la niña accidentada. Una vez más, ratificó sus condiciones de pésimo fisonomista. Conforme con eso se dejó estar, mientras su abulia estuvo marcada por el ruido de las fichas del aparato taxímetro al caer. Era seguro que esa tarde terminaría en lluvia.

3

Los días siguientes confirmaron la mentira del Doctor al salir de la sala de operaciones. Susana Quintana, de doce años de edad (al decir del diario pueblerino), jamás se recuperaría. Su vida terminó realmente aquel domingo de tarde.

No es necesario en esta historia hablar de las virtudes de Susana. Es sabido que los niños, sobre todo las niñas, a los doce años son un dechado de dones. Que nada ni nadie puede ensombrecer las expectativas de quienes creen en las augurales posibilidades de los jóvenes. Y más si estos fervientes adoradores de imágenes son los padres.

Susana Quintana, que aun vive, luego del accidente quedó postrada. Más vegetal que animal, la niña nunca recuperó el conocimiento. Un botellón de suero día y noche vigilado fue, y es, su alimento. Quienes todavía hablan de este asunto, al llegar a esta parte del relato mueven invariablemente la cabeza y dicen: «Es cosa de no creer.» Todas las palabras que se nos ocurran serán insuficientes para expresar lo que significa dormirse y despertarse escuchando los ronquidos de algo que vive por el líquido viscoso que desciende a través de un tubo de plástico.

En alguna mal iluminada película proyectada en el cine del pueblo, hemos visto escenas de una truculencia parecida. Lo recordábamos con el Escribano Olivera al hablar de Susana Quintana. Es frecuente que, antes del final, quizá por un extendido pudor de los directores, estos despojos humanos expiren. «Esta vez», dijo el Escribano cruzando sus piernas flacas, «no contamos con la piadosa determinación del director». La niña, más cadáver que otra cosa, sigue viva. No murió en el primero ni en el segundo rollo. Y todos se acostumbraron a esperar el momento en que ya no fuera necesario el suero, sabiendo que la película seguiría rodando, aunque la sala estuviera vacía e iluminada.

Ingrid repartió desproporcionadamente su tiempo entre las dos hijas. Ana, la mayor, había heredado de su madre la cara de rasgos angulosos. Sus ojos también eran grises y, aunque nunca habían visto la nieve, parecían retener los destellos del sol sobre la superficie acerada. Susana, aparentemente, dormía un sueño plácido. Debajo de sus párpados hubo un par de ojos verdosos, que miraban como los de su abuelo, don Rafael A. Quintana, fundador de la barraca Quintana e Hijo, que en vida del viejo fue el negocio más próspero del pueblo.

Las ausencias de don Álvaro de su casa se hicieron más prolongadas luego del accidente. Antes de que transcurriera una semana alquiló habitación en el hotel y comenzó el traslado de sus pertenencias. Poco a poco, como descuidadamente, abandonó el barco con su pesada carga. Al mes, los únicos vínculos que mantenía eran las cuentas que invariablemente pagaba, y las visitas de Ana a la barraca o al hotel. Fue así que el Doctor Soto se acostumbró a verla en el salón comedor del Touring. La primera vez que la vio, almorzando sola y sonriendo al mozo que la colmaba de atenciones, no pudo separar esa imagen del ronquido al cual había quedado reducida la vida de su hermana.

Al principio, fue inevitable que recordáramos a Susana Quintana cada vez que veíamos a Ana. Creo que nuestra capacidad de olvido y la lozanía de la joven, la mayoría de los días enfundada por el azul del uniforme del colegio, terminaron por convencernos de la existencia de una sola hija de don Álvaro. Alejado del dolor, en la otra orilla del drama, diría el Escribano, algo similar le sucedió al padre, sin lugar a dudas.

Ingrid no volvería a salir de la casa. Los sólidos muros de piedra emparedaron la tragedia. Los que siempre fueron blancos postigos abiertos ante los ventanales de sobrias cortinas mostaza, se hincharon al pasar cerrados todo el invierno. De noche, oscura en el conjunto de los jardines iluminados del barrio residencial, la casona de los Quintana parecía un viejo animal herido que en las sombras intentaba proteger el resuello. La única que entraba y salía era Ana. El Doctor Soto fue diariamente durante el primer mes. Al ser innecesaria su presencia, espació las visitas hasta que, como don Álvaro, optó por alejarse para siempre. Ese fue el deseo incumplido, común a Soto y Quintana.

4

Una noche de conversación, cuando aun nos ocupábamos en hurgar los antecedentes que nos permitieran comprender, o al menos acercarnos a la comprensión cabal de lo sucedido, el Escribano Olivera aseveró: «No cabe duda de que fue una venganza largamente planeada, y ejecutada a la perfección.» Antes de que continuara hablando, le recordé al Escribano nuestro pacto de no abrir juicio sobre el hecho. Se disculpó sonriendo y luego movió la cabeza con el gesto elocuente de quien intuye la verdad final. Después, nos quedamos largo rato en silencio.

Unos ladridos lejanos inquietaron al cuzco del Ciego Borges. El animal se asomó a la puerta, ladró a la noche estrellada y, jadeante, se echó cerca de la mesa que ocupábamos. «Perro loco», murmuró el Ciego detrás del mostrador. Más fuerte, saludó: «Buenas noches, Doctor»; y a mis espaldas oí la voz de Soto. Adelantándose, el Escribano lo invitó a sentarse con nosotros, y a poco ya estábamos conversando de lo sucedido en la casona de los Quintana.

— En verdad, todo es muy raro — dijo el Doctor Soto, en tanto apoyaba sobre la descascarada superficie la copa de coñac. — A pesar de la truculencia y de todo lo que podamos decir, no es sin embargo un sinsentido. Pienso que es lo peor que he vivido en mis treinta y cuatro años de médico. Nunca creí, como aquella mañana, acercarme tanto al fondo de la existencia humana. Creo que me entienden. Es algo que se siente muy adentro de uno, y que nos deja confundidos. Tan absurdo como ir a color, hacer escalera real, jugarse todo lo uno tiene, y perder frente a otra escalera. Parece cosa de sueños, o pesadillas, mejor dicho. Ustedes los saben tanto como yo, sólo se pueden hacer conjeturas y nadie nunca sabrá la verdad. Pasará mucho tiempo antes de que don Álvaro se reponga. Ingrid está muerta. Sobre ella siempre fue poco lo que se supo. Todos la vimos cuando don Álvaro la trajo al pueblo. Él me contó que la conoció en la capital, y allí se casó. El pasaporte dice que era, creo, sueca o noruega…

— Detalles sin importancia, Doctor — interrumpió el Escribano. — Estamos convencidos — agregó, señalándome con la cabeza — de que la historia, o al menos el desenlace, empezó el día del accidente de Susana. Y sabemos también que no termina la mañana que usted recuerda, con los dos estampidos que despertaron a los vecinos de la zona residencial.

Soto aprovechó la interrupción para ordenar otra vuelta de coñac. Difícilmente podría aceptar la opinión de Olivera. No recuerdo si lo dijo, pero es evidente que el olor de la pólvora y la escena que descubrió en la casona de piedra, son para él los acordes finales. Aunque, eso sí lo sabemos los tres, esta vez ninguno de los músicos se levantará a agradecer los aplausos.

— Sí — consintió el Doctor ante una sugerencia del Escribano —, ésta es una historia armada por silencios. La fría mañana en que me dirigía hacia lo de Quintana, mientras el taxista me abrumaba con preguntas que no podía responder, iba pensando en los silencios. Precisamente en el mutismo de Ingrid, en esa manera callada de dejar pasar los días, que antes atribuí a su condición de inmigrante, y que luego justifiqué por el accidente y la actitud del marido. Iba pensando en eso en el coche, y a la vez agradeciendo, pues de haber estado en el hotel a esa hora, sin duda que me habrían despertado quienes fueron a buscar a don Álvaro. Habría sido de los primeros en llegar. Por suerte, digo ahora, estaba en el hospital cuando la policía fue al hotel. El conserje que me habló por teléfono tenía la voz quebrada, con esa expresión urgente y plañidera a la cual los médicos nos hemos tenido que acostumbrar. Dijo exactamente: «Doctor, sucedió algo horrible. Vaya a la casa de Quintana. La mujer mató a la hija y se pegó un tiro en la boca.»

En el taxi viajaba conmigo el practicante Álvarez. Le temblaban las piernas. En ese momento me di cuenta de la juventud de Álvarez. Después de aquella mañana dejó el hospital y se fue del pueblo. Hace dos años se recibió. En la carta que me escribió para darme la noticia hace mención a nuestro viaje hacia lo de Quintana, y habla de la despiadada condición humana.

El Doctor Soto hizo una pausa larga, bebió un trago de coñac que hizo durar en la boca, y repitió:

— La despiadada condición humana… Ese misterio se me metió, como el olor a pólvora en la nariz, apenas entré. Había gente en la casa. Alguien tuvo la feliz ocurrencia de ahorrarme el trabajo de tapar los cadáveres. Cuatro policías trasladaban los bultos hacia la camioneta que esperaba a la entrada. Las sábanas comenzaban a teñirse por la sangre. No tuve tiempo de detener a los camilleros, porque Álvarez, quien iba unos pasos más adelante, dejó caer mi maletín al enfrentarse a la puerta del dormitorio de las niñas. El muchacho estaba demudado, apenas de pie contra la pared del pasillo. Me acerqué. Primero oí el ronquido que me era familiar. Después descubrí a don Álvaro arrodillado junto a la cama de Susana. El vegetal seguía en el lecho. El padre miraba sin ver el botellón de suero que pendía casi lleno. Sus ojos interrogaban el inmenso vacío que se abría más allá de la ventana. No dijo nada hasta que lo ayudamos a incorporarse. Entonces preguntó: «¿Por qué?» Quienes lo rodeábamos nos miramos en silencio y ninguno pudo contestar nada.

Esa noche, después de oír el relato de Soto, ya no bebimos más. Dormido, el perro del Ciego se revolvía cerca de nuestros pies.

(*) Milton Fornaro nasceu em Minas, Uruguay. Foi co-director do Diccionario de la Literatura Uruguaya (1986), participou no romance colectivo La Muerte Hace Buena Letra (1993) e foi guionista de TV para o programa humorístico Plop (1991-1992). Foi co-fundador das revistas de humor El Dedo e Guambia. É autor de uma obra teatral, Coquita Superestar (1992), e de vários livros de contos, sendo os mais recentes Murmuraciones Inútiles (Prémio Nacional de Literatura 2005) e Querida Susana y Otros Cuentos (2007). Publicou também vários romances, dos quais o mais recente, Un Señor de la Frontera, foi finalista da edição de 2009 do Prémio Planeta - Casa da América.
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